Martes, 28 2021 Septiembre

De pronto mañana sea tarde

Escrito por  Jun 16, 2021

Por: Hugo de Jesús Tamayo Gómez.

“Llévenselo para la casa, denle el gusto que más puedan. Breguen a no decirle no a lo que él pida. Que lo único que nos advertía, era que mantuviéramos el tramadol y la morfina. No lo dejen aguantar dolor por falta de esta droga; pero que con el niño no hay nada qué hacer”. Estas fueron las palabras contadas por Oliva, su madre, de uno de los galenos que atendió a Javiercito; niño que aprendió a montar en bicicleta en una que le prestaba un vecino y que, un mes después de haber cumplido sus siete años, ganó el primer trofeo. El último lo obtuvo cuando todavía era un niño de diez añitos; pues su corta carrera deportiva terminó con una competencia en mayo de 2019 porque los quebrantos de salud lo obligaron a retirarse.

Después de dejar atrás el atrio de la iglesia parroquial y avanzar serpenteando la empinada loma para poder subir con aire en los pulmones a la salida de la vereda La María, de aquí, del municipio de Granada, Antioquia, y caminar durante unos veinte minutos más; llegué a la casa de Javiercito (Javier Alejandro Pineda Salazar) para saludarlo. Al verlo, parecía como si no estuviera enfermo, pues “nunca se ve tirao” ─comenta su madre─, a pesar de contar con una enfermedad terminal. Sin ser consciente de lo grave que se encuentra. “Él sabe que tiene cáncer, pero no más”, cuenta Oliva, al tiempo que contempla sus once trofeos esparcidos en la cama para mostrarlos con orgullo. Como si fuera uno de sus últimos deseos, dice: “Sueño con conocer a Nairo Quintana, darle la mano, preguntarle cómo empezó, si es muy duro en Italia donde corre. Sueño comerme un almuerzo con él, claro si se puede, o cualquier cosa”.

“El niño, dice oliva, resultó hinchado de un momento a otro. Al tiempo se deshinchaba y se volvía a hinchar. La segunda vez que lo llevé al médico, la doctora dijo que eso era normal. ¿Seguro?, le pregunté a ella. Sí, seguro, me contestó tajantemente; entonces me lo llevé para la casa. Pero a los meses, de un día para otro se hinchó otra vez y una doctora diferente también dijo: Eso es normal, es la comida que lo engorda. Doctora, lo que se come en la casa no engorda, le aseguré; pero igualmente me despachó.

Al ver a mi muchachito así, me conseguí cien mil pesos prestados y pedí una consulta particular. El doctor Albeiro, de El Santuario, lo revisó, le tomó la presión, entonces me hizo así (Oliva frunció los labios y agitaba su cabeza de lado a lado para explicar la reacción del médico), como que Javiercito estaba muy mal. Bueno, él le mandó unos exámenes y me dijo que lo llevara tres días seguidos al hospital del pueblo a que le tomaran la presión porque el niño no tiene la presión alta, la tiene en las nubes. Súper alta ─me explicó el doctor─. Pero Javiercito no sentía nada. Era normal. Corría. Volaba en esa bicicleta.

Lo llevé el viernes y el sábado en el día, pero como al domingo tenía que presentarse temprano para una carrera, pedí el favor en el hospital de que me le tomaran la presión antes de las cinco de la mañana porque a esa hora debería de estar con todos los ciclistas para irse a la competencia. Y apenas lo atendieron, la enfermera dijo: Mamá, yo le aconsejo que no deje ir a Javiercito a esa carrera, porque la presión la tiene re-alta, pa’ que sepa y entienda. Cuando salimos de ahí, el niño me pidió: Mamá, no le vaya a decir a Camilo (el entrenador) que tengo mala la presión porque entonces no me lleva y yo quiero ir. Esa carrera no me la puedo perder. Cómo así, ¿si le pasa algo qué?, le dije yo. No mamá, yo no quiero perderme esa carrera, no le diga, me rogaba mi hijo.

Bueno, lo llevé, y cuando volvía para la casa, me encontré con gente y una señora me preguntó: ¿De dónde viene tan temprano? y cuando le conté todo, ella me dijo: ¡Cómo así Oliva, usted por qué es tan loca, cómo va a dejar ir al niño con esa presión así!  En cambio, otros opinaban: No, déjelo que corra y si algo le pasa, está haciendo lo que le gusta. ¿Será que la embarré?, pensé yo. Bueno, se fue y ganó. Esa fue su última carrera. Pero es que él no sentía dolor ni nada.

Me faltaban los exámenes, pero como no tenía plata, entre varia gente del pueblo le recogieron y con eso se los hice. Fui por los resultados, y cuando los entregué en el consultorio del doctor, le pregunté a la muchacha: Oiga, ¿cómo le salieron los exámenes al niño? Está malito ─me dijo un poco preocupada─, le aconsejo que espere al doctor. Apenas el médico se desocupó y miró una ecografía, me va diciendo: Vea mamá, yo le voy a ser sincero, el niño está muy mal, él lo que tiene son unos tumores. Es que este niño hace rato que tenía que estar hospitalizado. Y doctor, ¿usted me lo puede hospitalizar?, le pregunté. No, yo no puedo porque estoy por consulta particular, pero sabe qué, voy a ayudar para que lo llevemos ya. Pero, ya es ya. De afán. Yo voy a llamar a unos contactos que tengo en el hospital San Vicente, de Rionegro, y hago que se lo reciban allá. Llamó y enseguida me dijo: Usted no puede perder un minuto de tiempo porque los especialistas llegan a lo que llegan no más y se vuelven. ¡Váyase! Ay dios mío. Salí inmediatamente.

En menos de 10 minutos ya lo habían visto como cuatro especialistas y el pediatra me dijo: Mi amor, ¿usted tiene acá ropa o trajo? ¿Tiene familia por aquí o alguna parte como para quedarse? Nada de eso, le contesté yo. Entonces me sugirió que si quería me fuera para la casa y que mañana lo trajera. Y yo, no, no, no, a mí no me importa aguantar hambre, pasar las que sea. A mí no me interesa sino el niño. Déjemelo de una vez.

Allá lo dejaron cinco semanas en tratamiento mientras le bajaban la presión y se deshinchaba. Lo operaron, le sacaron dos tumores del pulmón, pero para esa operación le habían puesto anestesia para doce horas y así sacarle de una vez otro tumor del riñón, pero, como tenía comprometidos tantos órganos, le jodieron la vena aorta y lo tuvieron que sacar de urgencia del quirófano a las seis horas. A los tres o cuatro días lo entraron de nuevo a cirugía para terminarlo de operar y le siguió una falla respiratoria y les tocó volverlo a sacar. Le hicieron más estudios a ver por qué le había dado esa falla respiratoria y a los otros tres días lo volvieron a meter de nuevo a cirugía. Ahí si le pudieron sacar el otro tumor y después lo mandaron con tratamiento para la casa.

Él tiene muchas citas: con la siquiatra, con la sicóloga… Y el 27 de abril del año pasado (2020) tenía una con el endocrinólogo y él me dijo: Vea madre, a su niño hay que hacerle un tratamiento y nos toca remitirlo para Medellín, porque con esto de la pandemia tocó cerrar la UCI aquí. Allá lo tenían una semana haciéndole una quimio venosa, luego lo mandaban dos semanas para la casa; otra vez para el hospital una semana, otras dos para la casa… y así durante cinco meses.

Hace como dos meses le dio un dolor en el estómago y pensábamos que era apendicitis. Lo llevamos y vieron que, aparte de un tumor que tiene metido en la ingle, otro más arriba y uno más acá (Oliva señaló la parte derecha del abdomen), que hasta se le nota por encima de la camisa, está taquiao de tumores chiquiticos en el estómago. Entonces lo iban a operar, pero se reunieron varios especialistas y tomaron la decisión de que no, porque la operación que hay que hacerle es muy riesgosa. Hay que sacarle toda esta tapa de aquí (la madre de nuevo señaló el estómago y deslizó la palma de su mano hasta el pecho) y que podía quedar parapléjico y puede morirse en muletas. Que él tenía la fe que fuera apendicitis ─explicó el doctor─, pero que lamentablemente no había nada qué hacer. Que lo único que nos advertía era que mantuviéramos el tramadol y la morfina. Que no lo dejáramos aguantar dolor por falta de droga.

Él es consciente, sabe que lo que tiene es cáncer, sabe que no lo pueden operar por lo riesgoso de la operación. Lo único que no sabe es que está lleno de tumorcitos, porque ese día, cuando veníamos en el bus para Granada, me dijo: Mamá, ¿y si a mí me operan y quedo así como los médicos dijeron, algún día yo me puedo levantar y puedo caminar despaciecito con muletas? Y yo le contesté que obvio, que sí. A lo que pase unos diítas o un mesecito, usted puede caminar si tiene ánimos de levantarse y siente que no le duele.

Hace como un mes, me lloraba y me decía: Mamá hágame operar que cuando me pueda parar yo camino despacio. Hágame operar. Y yo le explicaba, pero papi, usted sabe que esa operación es muy riesgosa. Usted sabe que los médicos hicieron reunión de junta y no lo podían operar por eso. Que no, que él quería que lo operaran, o que, si no, al menos le sacaran ese tumor tan grande y feo que tiene ─porque es que él se viste y se le nota por encina de la camisa─. Entonces yo le dije: Papi, no sé… Yo no sabía qué decirle a mi niño, entonces Jhoana (una hermana), le dijo: Tómese la droga, juicioso, a ver si de pronto se “apequeñan” esos tumores.

Sabemos cómo es esa enfermedad. Yo lo tengo en manos de Dios y María Santísima que son los únicos que pueden. Como dice Jhoana, si mi diosito decide llevárselo, al menos que no lo deje sufrir de esos dolores tan miedosos, porque a nosotros nos tocó ver cuando estuvimos en las quimios con él, esa forma de gritar y de pedir auxilio los niños con cáncer allá en esas camillas. Claro, a uno le da mucha tristeza porque también nos dijeron: breguen a darle gusto al niño, breguen por no tenerle que decir que no a lo que pida y lo que él quiera comer; porque ustedes saben que la situación está muy delicada. Pues claro que yo digo, dentro de las posibilidades, porque si uno no tiene forma pues obvio que no hay nada qué hacer. Por ejemplo, él con las que se mantiene es con el sueño de conocer a Nairo Quintana y a un tal La Liendra que saca unos videos en YouTube ─no se pierde ni un video de esos─. Son muchas cosas que pide y nosotros le decimos: Mijito, vamos a ver si podemos vender estas boletas (están rifando un televisor a $ 5.000 cada boleta) para cumplirle alguno de los sueños, porque ahora con qué plata va uno a tratar de hacer eso. No sé, uno siempre se desespera. Y ahora con esos tumores tan avanzados…”.

Javiercito esparció los galardones sobre la cama y fue diciendo: “Este es el primer trofeo, fue en 2016, me caí en un arenerito, me volví a parar y me lo gané. Este me lo gané en San Carlos en el 2016, también me caí, no me pasó nada (…) Este fue el último que me gané en Aguadas, Caldas”, como reza en la condecoración: “II Encuentro Nacional escuelas de Ciclismo 2019. 1er PUESTO. Categoría Escolares 2009. Aguadas, junio 2 y 3 de 2019”.

Lo anterior, fueron palabras que me dijo Javiercito el pasado 25 de mayo, hablando (como lo mencioné antes), con una voz de una persona aliviada. Pero el médico en Medellín le sugirió a la familia (hoy, 15 de mayo, me comentó Jhoana) que no lo volvieran a sacar de Granada, que no se justificaba. Y esta hermana está de acuerdo, pues, aparte de que se han gastado lo de la venta de las boletas en estos transportes, Javiercito no se aguanta los dolores en medio del viaje.

Los conductores de las “moto carro” del municipio, continuamente lo están subiendo y bajando al hospital sin cobrar por el servicio.

Qué bueno que a este niño hoy le cumpliéramos alguno de sus sueños. De pronto mañana sea tarde.

 

Hugo de Jesús Tamayo Gómez

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