Viernes, 27 2022 May

Una tertulia. Una palabra más

Escrito por  Hugo de Jesús Tamayo Mar 05, 2022

¡Que más mijo!, le grité desde la puerta de mi apartamento a Jaime Ovidio Giraldo que se encontraba a unos cincuenta metros de distancia −donde es su casa en Granada−, ese sábado de relax. Él abrió las manos como queriéndome abrazar a esta distancia, gesticulando algunas frases. Y, después de este peculiar saludo, le seguí gritando: ¡Tomamos tinto. Vamos a filosofar! Quedamos a las diez, pero como no le cumplí, seis minutos luego de lo previsto, me llegó un mensaje de mi amigo: ¿Qué pasó? Dónde está, le contesté por el mismo medio. En LA FAMILIAR, me escribió por último. Ya le caigo, le volví a escribir y guardé mi celular.

Dos tintos fue el abrebocas para la charla, donde terminada esta, le inyecté una palabra más a mi vocabulario.  Le hice una invitación: Jaime Ovidio, tengo un whisky 18 años que solo lo saco del escondite para alguna ocasión especial. Vamos a mi apartamento y nos tomamos uno. Luego de darle los últimos sorbos al café, él dijo, vamos, y, cuando me vio meter mi mano al bolsillo, volvió a decir−: “déjeme pagar los tintos que no todos los días comparto con un ilustre personaje como usted”.

Así es Jaime Ovidio para dirigirse a personas como yo y calificarlas con esos adjetivos, que en ocasiones son exagerados, y hablarles con un lenguaje refinado, elegante, fino, delicado y cuanto sinónimo puede caber en sus expresiones; al punto de utilizar vocabulario nuevo para mí, como lo fue la palabra “aforismo” en medio del primer sorbo al wiskey. Entonces le dije: disculpe mi ignorancia, en estos momentos no caigo en cuenta qué es aforismo, ¿favor me explica? Él, con esta pregunta y su respuesta, puso a prueba ese lenguaje filosófico y no suspendía la exposición hasta que yo no le cortaba sus palabras.

Alzó la copa, le dio otro sorbo al trago, luego abandonó la bebida sobre la mesa de centro, inclinó su cuerpo hacia el espaldar del sillón, levantó el pie derecho y lo puso a descansar sobre la pierna izquierda haciendo un ángulo de unos 45 grados desde la rodilla, y dijo: “mi estimado e ilustrísimo Hugo, el aforismo es una sentencia, breve, corta. En el aforismo cabe prácticamente toda una editorial. El aforismo es la síntesis de un acontecimiento de un momento especial de la vida. En cuatro o cinco palabras un gran pensador logra expresar lo que otra persona en 40 páginas o todo un libro no lo logra decir. Es una palabra, es un resumen, es el tuétano. Es lo esencial, lo fundamental. En un aforismo cabe todo lo que otro escritor diría en 10 páginas: en una frase. Uno no puede confundir una sentencia con un refrán porque los refranes son populares, más cercanos al folclor. Son vivencias de los pueblos. Pero el aforismo es de alto vuelo. Más académico…”. Salud, le interrumpí tomando mi copa y él, que, a pesar de su desenfrenada exposición, es respetuoso y siempre detiene el discurso para escuchar al otro; también alzó su bebida y respondió propinándole un pequeño golpe a mi copa.

Después del sonido de los cristales, volví a decir: Salud para que le salgan las palabras. “Desde luego que sí”, contestó. Y continuó: “es que el Wiskey ya está en la sangre. Es un torrente que funciona. Entonces el aforismo que logra decir una frase... Yo, por ejemplo, tengo una frase que dice: desventurados los que siempre callan porque sobre sus cabezas se impondrá la dictadura de los que a toda hora hablan así no tengan la razón. Pero eso todavía no es un aforismo porque el aforismo es más breve, más corto…” Volví y le interrumpí para opinar algo y, en medio del siguiente sorbo del trago, mostrándole unos libros le mencioné la expresión “trasteo”, a lo cual él, que cuando se habla de literatura, emprende su alocución filosófica con tanta emoción, que no permite dejar escapar la oportunidad para tomarse de nuevo la palabra y dijo: “¿qué es trastear? Tú sabes que trastear es pasar objetos de un lugar a otro (…). Pasar trastos a otro lugar eso no tiene ningún sentido. Lo tiene únicamente cuando en el trasteo se nos rompe algo o se nos pierde algún objeto. Ahí sí tiene algún significado porque no hablamos del trasteo en sí, sino de lo que perdimos o rompimos en él. Si en eso de trastear hay que pasar nuestra biblioteca, nos ponemos a echar a unas cajas de cartón los libros: los que queremos los echamos a unas cajas. Los que hemos leído en otras. Los que no hemos leído pues van discriminadamente a otras cajas, pero nos están esperando ahí, a que nuestros ojos lleguen a sus hojas −¡que nuestros ojos a sus hojas!, ratificó esto último con vehemencia− y esos libros, mire que se dejan empacar sin oponer ninguna resistencia y son de respetables autores y genios muy brillantes que su cerebro, su talento y sus redes neuronales se han convertido en palabras. A estos empacamos con gran facilidad en cajas de cartón para llevarlos al lugar donde deseamos establecernos de nuevo”.

Él deslizó su pierna derecha abandonándola en el piso e inmediatamente levantó la espalda de la silla para brindar −yo insinué esto con la copa en mi mano− y luego de que le diéramos otro sorbo al wiskey, no hice ningún comentario para que terminara su discurso. Jaime Ovidio volvió a descansar la espalda en el sillón, y, muy despacio, pero con elegancia, regresó su pierna derecha a la posición original y continuó:

“Como le dije, estos libros no nos oponen ninguna resistencia para manipularlos a nuestro antojo, pero siempre sucede que en los trasteos se nos esconden algunos que queremos y son de cabecera. Los que más consultamos. Los que hemos elegido como indispensables y que al buscarlos no los encontramos. Y cuando esos berracos se nos esconden, el desorden comienza en ese momento porque los libros que más queremos están…; mejor dicho, esos son los que no queremos prestar porque son parte de nosotros y no los dejamos a la vista porque se nos los trastean las visitas o los amigos que llegan a nuestras residencias.

También uno piensa, que tal que suceda un incendio en el medio del trasteo. Qué libro rescataríamos del incendio. Inmediatamente uno no puede ponerse a pensar, porque entre tantos libros no tenemos tiempo de escogerlos. Entonces uno echa en una caja los mas seleccionados por si algo −porque una cruel incertidumbre nos puede pasar una mala jugada y si nada ocurre pues mejor−; pero a la hora de salvar los libros en un trasteo, hay que salvar el mejor libro de historia, el mejor libro de sociología, el mejor de derecho, el mejor de humanidades, el mejor de medicina, el mejor de economía, el mejor libro de finanzas. Y ya, particularizando, habría que echar a la caja rápidamente, el Quijote de la Mancha, todas las obras de Shaksper, todas las de Petrarca, todas las obras de Dante Alighieri, todas las obras de Kant (Immanuel Kant), gran humanista. A ¡James Joyce!, habría que salvarlo con su gran obra, el Ulises. Un libro que fue declarado libro maestro del siglo XX. Obviamente que a nivel latinoamericano habría que salvar a Jorge Luis Borges que es un gran enciclopedista, un hombre que escribió lo que escribió como cogiendo las palabras con pinzas. Fue un talento, un genio. Un hombre brillante. Y habría que salvar las obras de Platón: La República. A Aristóteles, que nos enseñó a pensar con lógica y a Hegel que nos inventó la dialéctica y a Marx que tal vez descubrió un poco que la economía, que las finanzas. Ese tema de la lucha de clases que se imponían en el mundo y ya tergiversadas, fueron un tremendo fracaso. También habría que guardar la biblia que es toda una suma de libros escrita en diferentes tiempos por diferentes autores. Y los libros de San Agustín que fue un gran teólogo. Y a nivel latinoamericano habría que salvar unos libros de pablo Neruda. Un poeta enorme de tan gran dimensión. Al gran Porfirio Barba Jacob y por qué no salvar las obras de Hugo Tamayo (creo que esto lo hizo para pagar el wiskey), que vengan a rescatarlo en la historia en Las 2 vacas para que usted deje también su propio historial.

Terminada esta intervención me invitó a su casa.

Siga estimado Hugo, bien pueda, dijo ya estando en la puerta. A solo unos tres pasos están los muebles de la sala, pero con esos tres pasos fue suficiente para saber que esas tablas centenarias del piso, creo que son herencia de la herencia de sus padres, pues si fuera ya de noche y las luces estuvieran apagadas, creería uno que los espantos dan las mismas pisadas de uno, al otro lado de la sala. O de la casa.

Allí Jaime Ovidio sirvió dos vinos que fuimos consumiendo al son de relatos literarios y filosóficos −entre otros temas− y, como en mi apartamento, de una frase mía, él dejaba al descubierto la experiencia de lector y profesor, que lo fue hasta su jubilación. En esa sala hablamos de la próstata, me dijo que iba al baño seis o siete veces en la noche, yo le conté que eso me pasaba a mí pero que había mejorado con un tratamiento… Mejor dicho, si describo aquí lo conversado en esa segunda estación de la tertulia de ese sábado, terminaría aburriendo a mis lectores; algo que mi amigo, a pesar de tomarse la palabra con largas exposiciones, nunca lo hizo. Mas bien aprendí y a mi léxico que es bien empobrecido y paupérrimo, le agregué una palabra más: “Aforismo”.

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