Viernes, 15 2021 Octubre

Ahora es una silla de ruedas

Escrito por  Hugo de Jesús Tamayo Gómez Ago 23, 2021

 Por: Hugo de Jesús Tamayo Gómez

Desde el momento en que llegó a oídos de Nairo Quintana la historia de Javiercito (http://www.desdegranada.com/actualidad/item/350-de-pronto-manana-sea-tarde) y, por medio de esta, se enterara del sueño del niño, el campeón del Giro de Italia de 2014, no dudó en ponerse en contacto, por medio de Luisa Ríos, su manager, para tratar de cumplir con la labor humanitaria que parecía un imposible para esa familia. Ya, logrado este sueño, quedan otros peldaños por conquistar para ayudarle a este paciente a llevar una mejor calidad de vida, de modo que lo poco que queda de ella sea menos traumática para él y los suyos. Lo que se requiere en este caso es una silla de ruedas que se adapte a las características y condiciones en que se encuentra el niño.

Para saber cuál es la casa de Javiercito, lo primero que encontramos, después de internarnos en la vereda La María, del municipio de Granada, Antioquia, es una cruz elaborada en cemento que reza: Ramon Pompili, diciembre 1994. A partir de ahí hay seis estacones clavados ─a estos los unen cinco cuerdas de alambre de púa, simétricamente repartidas de abajo hacia arriba─ y el último (hecho en guadua) tiene tres orificios para pasar igual número de trancas, elaboradas de la misma guadua, recibidas por un estacón similar a los anteriores, instalado al lado izquierdo, con otros tres huecos que demuestran ser la puerta. Estas guaduas se deslizan hacia la derecha para ingresar al patio de barro de la humilde vivienda. Después de cruzar este patio, quince pasos, voltear a la derecha, ocho pasos más, de nuevo a la derecha, al fondo, sobre un corredor de cemento de dos metros de ancho, vemos la silla de ruedas que le prestaron en la parroquia al niño que en sus años de gloria no tenía rival en las competencias ciclísticas.

En una de las visitas que he hecho a esta casa, le vi a Javiercito la herida en los pies, a la altura del tobillo, y él me dijo que se lastima con esa silla. Y Oliva, su madre, también agregó: “Él se maltrata mucho el piecito ahí, porque a las personas que tienen cáncer se les vuelve muy sensible la piel y, como la silla también es muy alta, con solo que lo sobe esa varillita que lleva ahí abajo, lo rompe”.

“También ─continuó Oliva─, como es a mí a la que me toca lidiar con mi hijo, él es loco que lo llevemos…” ─en ese instante ella me hizo señas que nos retiráramos del lado del niño y caminamos juntos hasta la calle, nos sentamos al pie de la cuneta, y ella me siguió narrando con más tranquilidad los inconvenientes de esa silla y otros asuntos que no son buenos para los oídos de Javiercito─.

“Vea pues le cuento, imagínese que esa silla es tan incómoda para este muchachito que le colocábamos un neumático inflado para que le quedara la herida volando, porque tiene un hueco aquí atrás ─y ella mostró el coxis─ y así no se lastimara. Aunque unas enfermeras que vinieron a atenderlo de la clínica de heridas del hospital San Vicente de Rionegro le trajeron unas bolsas de agua, que maltratan un poco menos, para reemplazar el neumático”.

“Ya ellas se pusieron los guantes, cogieron jabón, le empezaron a lavar las heridas y, cuando le estaban limpiando los pies ─donde se lastima con la silla─, el niño se los alcanzó a ver (porque antes, por lo hinchado que estaba, no había visto esas llagas) y ahí mismo dijo: ‘¡Me está saliendo sangre, no, no, no! ¡No me hagan más! ¡Ay como tengo mi piecito! Es que vea, me está chorriando sangre’; se lamentaba mi muchacho. Y yo le dije, mijito, ellas saben lo que tienen que hacer. ¡Ay no, qué pesar! ¡Me dio una tristeza!”.

“Como le estaba contando, él es loco que lo llevemos por ahí pa’bajo, que lo llevemos pa donde mamá ─la abuelita─, que lo saquemos a la calle, que lo lleve pa la Variante, que lo saque de aquí p’arriba… No, yo no soy capaz con esa silla tan pesada. A mí me da mucha dificultad. No puedo. De pronto se me aporrea, y es peor. Y en moto carro, eso es tan estrechito para subirlo y bajarlo que se lastima. El niño no aguanta”.

“Una muchacha tiene una silla que no sé si es eléctrica o de control o es que tiene alguna palanca o qué, yo no sé; lo cierto es que ella la maneja sola. Entonces le pregunté y me contó que hace como dos años se la regalaron y disque había valido como seis millones y yo le dije: ¡Ay!, Dios mío bendito, y yo de dónde voy a sacar ese platal. Con qué le va a conseguir uno eso”.

“De allí del municipio de El Santuario, un muchacho (Diego Alejandro Giraldo Gómez) que leyó la crónica ─arriba mencionada─, me llamó y me dijo que quería distinguir al niño. Él vino ese domingo y a los ocho días lo visitó otra vez, y ayer volvió a venir y me comentó que él había estado mirando lo de las sillas, pero, que por qué no ponía…, ¿cómo fue que me dijo? Bueno, como por decir algo, que recoger pa comprarla. O que por qué no hablaba con gente distinguida que tuviera, por decirlo así, como buenas palancas para conseguirla, que porque de verdad el niño sufría mucho ahí y que era una tortura pasarlo de la cama a esa silla. Él vio cómo gritaba mi hijo cuando lo estábamos pasando”.

“Y dije, la verdad, yo no sé, que sea lo que Dios quiera y entonces él volvió y dijo que podía ser entre varias personas que tengan como modito y que colaboren, que eso se consigue fácil. Si quiere hable con la gente de por aquí y pues yo también voy a hablar con la gente de por allá. Personas distinguidas. O sea, el muchacho no parece como de modo, pero sí es como buena gente. Vamos a ver. Ahí miramos a ver. Él estuvo con el niño, charlando un rato y mostrándole las sillas en el celular; entonces mi hijo le mostraba que sí, que una de esas que es que vea uno no es capaz con esta sin poderla manejar”.

¿Qué tanto le puede ayudar para una mejor calidad de vida con otra silla?, le pregunté.

“Por decir algo, con una silla más cómoda, al niño lo puedo sacar más fácil, ya puedo bajarlo donde mamá. Es que todos los días ─porque él se me desespera─, me pide que lléveme un ratico p’abajo y yo, no, en ese aparato no me comprometo. Entonces con una silla que pueda manejar él mismo yo lo puedo acompañar y vámonos de aquí p’arriba a lograr un solecito…

“Uno es consciente de que la enfermedad es terminal, que en un momento o en otro él se puede quedar. Como el dicho, eso no lo sabe sino Dios. Uno está preparado. Eso es una realidad, pero lo que le falte ya sea un mes, un año o lo que sea, que no sufra tanto y que él diga, vea, vámonos p’onde mamita y yo lo suba a la sillita y vamos”.

Comprobar la necesidad de esta familia es muy fácil: con solo ir, deslizar las tres trancas de guadua y pasar el piso de barro, de frente, ahí en la incómoda silla (si no está en la cama) podrán encontrar a Javiercito sin que se pueda mover de ese pequeño corredor. 

Así como la visita de Nairo a este niño granadino para su madre parecía un imposible, espero que el trámite para la silla también sea una meta alcanzable. Mejorémosle la calidad de vida a este campeón y a su familia con la ayuda de todos.

 

Quienes quieran sumarse a esta iniciativa, contactarse vía facebook con Hugo de Jesús Tamayo Gómez o correo electrónico Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla..

 

 

Otras publicaciones

« Octubre 2021 »
Lun Mar Mier Jue Vie Sáb Dom
        1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30 31
  1. Popular
  2. Tendencia
  3. Comentarios