Domingo, 26 2022 Junio

A vender limones

Escrito por  Hugo de Jesús Tamayo Gómez. Mar 11, 2022

Levántese, le dije a mi hijo de 13 años, al tiempo que le quitaba la cobija. ¿Qué hora es, papá?, me preguntó. Las 3 de la mañana, le contesté. Pero si usted sabe que estoy castigado en el colegio y hoy no puedo ir a estudiar, volvió y me dijo. Por eso se va a levantar ya, porque tiene que aprender un oficio donde no necesite estudio. Con solo saber contar plata es suficiente −le aseguré−. Póngase la ropa más viejita que tenga, terminé diciéndole, después de que él se levantara sin más reproches.

Por: Hugo de Jesús Tamayo Gómez.

Con estas palabras empezamos aquella mañana, pues desde el día anterior, que él llegó con la noticia de que lo habían suspendido, yo estaba seguro de que no lo iba a dejar solo en la casa y menos durmiendo mientras yo iba a trabajar. 

Busqué unos tenis, pantalón y camiseta −la indumentaria acorde a lo que deseaba emprender en ese momento−, me alisté, salí y desde la sala lo llamé: ¡Hugo Alberto, nos vamos! Y él enseguida apareció.

Salimos del barrio San Javier, tomamos la avenida San Juan y, serpenteando calles, cruzando esquinas, pasando por un barrio para cruzar el otro, llegamos a la Avenida Guayabal. Papá, ¿qué vamos a hacer?, me preguntó él rompiendo el silencio de esa madrugada, al ver que caminábamos y caminábamos sin ninguna explicación de mi parte. Solo sígame. Lo va a saber cuando lleguemos donde vamos a ir, le contesté y continué a paso largo. Tan rápido que mi hijo tenía que aligerar su caminado para no quedarse atrás.

Por la Avenida Guayabal nos dirigimos recto hasta La raya y cruzamos a la izquierda para conseguir la entrada principal a la Central Mayorista, no sin antes él preguntarme en varias ocasiones: papá, ¿qué es lo que vamos a hacer? y yo contestarle de la misma manera: lo va a saber cuando lleguemos. El recorrido lo hicimos en unas dos horas y cuarto. Allí llegamos todavía algo de noche.

En esa plaza de mercado busqué el galpón donde vendían los limones y fui preguntando puesto por puesto por el precio de un bulto de esta fruta. Hugo Alberto todavía no dimensionaba lo que había en mi mente, por eso yo le decía: mire lo que hago. Y, después de elegir en qué puesto compraría, me dirigí al encargado de las ventas y le dije: ¿me puede vender medio bulto al precio de uno? El proveedor sin contestar, fue, trajo un costal, de un bulto vació una parte ahí y los dos paquetes las fue poniendo sobre una báscula hasta comprobar que ambos tenían el mismo peso. Le pagué y antes de salir, le pregunté: señor, por aquí, ¿dónde venden bolsas? Después de su explicación y dar las gracias, quise poner a mi hijo a llevar el bulto, pero con los primeros pasos vi que la carga era muy pesada para él, entonces mejor le recibí el costal y salimos.

Conseguimos una maya plástica que venden por metros, a esta se le hace un nudo en la punta y luego uno va metiendo limones como si se fuera a hacer morcilla y, a medida que van entrando los limones en su interior, esta maya sin fin se va expandiendo y el producto queda expuesto a plenitud para su identificación y la futura venta. Por cada docena yo le iba haciendo un nudo y así sucesivamente: una docena, un nudo, otra docena, otro nudo… Cuando estábamos haciendo esta operación en una acera en el interior de la plaza de mercado, un vigilante nos abordó diciendo: “aquí, dentro de la plaza no puede hacer eso y menos ponerse a vender”. Nos hizo parar, nos acompañó hasta la puerta y abandonamos la plaza.

Hugo Alberto no pronunciaba palabra, solo me hacía caso a lo que yo le pedía que hiciera. Ya afuera le dije: tranquilo mijo que esto lo viví igualmente con su mamá (Q.E.P.D). A los vendedores ambulantes no los quieren en ninguna parte. Entonces nos sentamos en la acera, al pie de la avenida, a terminar de empacar.

Cuando ya la ciudad no necesitaba las lámparas de sus calles encendidas y teníamos dos “rosarios” de limones, mi hijo preguntó de nuevo: ¿qué vamos a hacer con esto? En la casa le dije que debería de aprender un oficio. El patrimonio que tengo hoy en día, lo inicié con su mamá vendiendo limones, papa, yuca, arracacha y toda clase de frutas y verduras. Vamos a vender. Y, dicho esto, le colgué en el cuello un paquete de limones −unas ocho docenas−, yo me colgué el otro “rosario”, cogí el costal con lo que quedaba y le pedí que él lo llevara, pero, antes de echarse el paquete al hombro, él observaba alrededor, dirigía su mirada al piso, luego me miraba a mí como incrédulo, pues hasta ese momento no salía de la sorpresa de que fuéramos a caminar las calles de Medellín vendiendo limones. Apenas obedecía sin chistar. Solo mire lo que hago, le dije antes de dar el primer paso adelante.

Al otro lado de la avenida, una señora tenía una caseta, entonces cruzamos la vía y arrime a este puesto: señora, limones a mil la docena, le dije. “No, gracias, no necesito”, contesto la propietaria del pequeño negocio. A cuanto transeúnte nos encontrábamos, le pregonaba lo mismo: limones, limones. A mil la docena. Sin conseguir hacer ni la primera venta, llegamos de nuevo a la Avenida Guayabal, volteamos a la derecha y continuamos sobre el costado derecho de esta interminable vía.

Llevábamos unos 45 minutos de recorrido, cuando mi hijo me expresó: papá, tengo hambre −sabía que era normal su pedido, porque yo le daba el desayuno a las 5:30 de la mañana antes de llevarlo al colegio− y le contesté haciéndome el alterado: ¡no ve que todavía no hemos “bajado bandera”! Y, a unos treinta o cuarenta metros alcance a ver una carpa donde vendían algo y le sugerí: vamos allí a ver si esa señora nos compra. Limones a mil la docena, le dije a la que atendía el puesto y la respuesta fue igual: “no, gracias”. Entonces le propuse: doña, por favor nos cambia dos tintos por una docena de limones. Mire que están grandes, le agregué. A la señora se le notaba que lo hacía más por colaborar que por el producto de cambio y, sin pronunciar palabra nos sirvió dos cafés en vasos desechables casi llenos. Los consumimos, le entregué los limones y salimos.

Entramos a una pequeña tienda, ofrecimos el producto y vendimos la primera docena. Cuando salimos de ahí y ya iba a seguir, como Hugo Alberto vio que la cosa era en serio, me dijo: papá, para que terminemos rápido, yo me voy por la acera del frete y usted sigue por este lado.

Continuamos el recorrido independientemente y como por la acera por donde él ofrecía el producto se iba acercando a las inmediaciones del Parque Zoológico Santa Fe y sobre este costado es solo una larga pared sin a quién ofrecerle nada, mi hijo cambió de anden y continuamos juntos. Al llegar antes del puente de la calle 30 y, como luego seguía una consecución de más puentes y avenidas sin la posibilidad de negocios donde tratar de vender, apenas paró un bus que pasaría estos puentes, le dije al conductor: señor, ¿nos lleva a los dos por el precio de uno y nosotros nos montamos por la puerta trasera?  El chofer inmediatamente abrió esa puerta y estiró su mano para recibir el pasaje. Hugo Alberto no se sorprendió de esta actitud mía, pero en el interior del bus, igualmente le expliqué: para empezar un negocio hay que economizar hasta el último centavo. Esto también lo hacíamos su mamá y yo en Cartagena, cuando éramos vendedores ambulantes.

El bus llegó a las inmediaciones de la Plaza Minorista, se estaciono en un paradero y ahí nos bajamos. Enseguida había un semáforo y cuando este pasaba a rojo, aprovechábamos para ofrecer el producto a los conductores. Después de vender dos docenas, como era una zona ya ocupada por otros vendedores desde años atrás, estos nos empezaron a mirar con caras amenazantes, entonces seguimos el recorrido y nos internamos por las calles del barrio Prado, Lovaina… tocando puerta a puerta −pocas casas nos abrían, pues con un costalito en la espalda aparentábamos nada menos que unos pordioseros−. Bajamos, seguimos por la acera del costado oriental del viaducto del Metro y después de que pasamos por el frente de la entrada al cementerio San Pedro, llegando a la esquina norte de este camposanto, mi hijo me volvió a decir: papá, tengo hambre. Mijo, todavía no hemos librado el capital de los limones, le contesté, pero, al dirigir la mirada en diagonal, al otro lado de la acera, me detallé que había un negocio y se veía salir humo de sus ollas cuando la que lo atendía las destapaba. Vamos allí, le dije.

Llegamos, descargamos en el andén el costal, al pie de este colocamos los limones que llevábamos terciados en el cuello y me puse a mirar qué era lo que había bajo ese toldo. Al frente, sobre la calle, una fila de taxis y algunos de sus conductores estaban comiendo de lo que vendían allí. También, un conductor que acababa de bajarse de su vehículo, se acercó al sitio, y dijo: “ey, cucha, me da un desayuno bien reforzado. Así como me gustan a mí”. Cuando la señora cogió una arepa y seguidamente destapó la olla, ahí mismo de esta se escapó un olor a guiso de tomate, cebolla y posiblemente Triguisar u otros condimentos. Luego, cuando ella introdujo un cucharón, revolvió, sacó dos albóndigas y las depositó sobre la arepa, este olor contaminó más mis fosas nasales. Y ese olor se esparció por todo el ambiente, en el momento que volvió a meter el cucharon, sacó más guiso y lo esparció sobre la arepa y las albóndigas. Luego sirvió un vaso de chocolate.

Apenas terminó de atender a ese cliente, le dije: doña, ¿nos cambia dos arepas con albóndiga y chocolate por tres docenas de limones? “Uy, esto ha estado muy malo”, dijo, e inmediatamente uno de los taxistas que escuchó, dejó de comer y le increpó: “señora, todos los días nosotros comemos aquí, ¡cómo que no le va a colaborar a este cucho y al pelao!”. Ella no lo pensó dos veces y nos sirvió par de arepas con su albóndiga encima y chocolate. Cuando ya desayunamos y le fui a entregar los limones, la señora no los quiso recibir. “Tranquilo mijo, era una colaboración. Eso me lo anota mi Diosito allá arriba”, dijo dirigiendo la mirada al cielo.

En ese mismo anden empacamos más limones por docenas, nos las colgamos en el cuello, de nuevo le eché a mi hijo el costalito a su espalda y con el estómago lleno, continuamos nuestra labor por las calles del barrio Santa Cruz. A las diez o diez y media de la mañana, Hugo Alberto me pregunto: papá, ¿ya libramos los limones? Sí, pero falta la utilidad (le mentí, ya llevaba unos tres mil pesos ganados). Y unas dos cuadras más adelante con cara de cansancio, me dijo: padre, ya aprendí, vamos para la casa. Listo, pero nos vamos vendiendo por el camino, le contesté.

Bajamos ofreciendo el producto por donde caminábamos, llegamos a la avenida Carabobo, seguimos por esta vía bordeando el Jardín Botánico, luego cogimos la Avenida el Ferrocarril, pasamos de nuevo por el frente de la Plaza Minorista (obvio, por ahí no ofrecimos los limones), luego llegamos a Barrio Triste donde yo tenía un almacén, mi hijo se tiró a dormir en la bodega, dejé ahí el costal con los limones que nos quedaban y me fui para la casa a descansar; pues ya habían pasado las doce del día. 

Meses después, que me llevaba a Hugo Alberto a trabajar a una empresa en la cual yo era el gerente, subió a mi oficina uno de los empleados y me dijo: “don Hugo, ¿sabe lo que está diciendo su hijo?, que mi papá es una gonorrea llevarme a vender limones”. Tranquilo mijo, con tal que no me irrespete en la cara, que diga lo que sea, que yo no necesito hijos buenos para mí, yo necesito hijos buenos es para la sociedad.

 

Eso hace ya 19 años. Feliz cumpleaños hijo.

Marzo 09 de 2022.

Otras publicaciones

« Junio 2022 »
Lun Mar Mier Jue Vie Sáb Dom
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30      
  1. Popular
  2. Tendencia
  3. Comentarios