Maria Camila Ceballos tiene una risa que nace del amor. Un amor profundo y sincero por su papá
Los domingos tienen un ritual especial entre ellos: Cuando Maria Camila le pide el dominguero, lo hace con esa mezcla de ternura y picardía que solo las hijas saben usar. Y entonces él, como si estuviera en pleno escenario, responde dramatizando, imitando aquel famoso video viral del venezolano que grita “¡ya no aguanto más!”, arrancándole carcajadas que llenan la casa.
Por: Jeison A. Giraldo – Mazamorro
Quizás sin saberlo, su papá fue su primer referente de comunicación: Su primer “locutor”, su primer maestro del arte de transmitir emoción. Y tal vez por eso hoy, cuando ella toma el micrófono en Granada Stereo: interpreta, siente, conecta.
Porque antes de aprender técnicas, ya había aprendido a reír, a escuchar y a expresarse desde el corazón.
El pasillo de su casa no es solo un pasillo: Es un escenario. Es allí donde Maria Camila revive las actuaciones de su papá, donde repite las escenas, donde las risas vuelven a sonar como si el momento estuviera ocurriendo otra vez. Ese corredor sencillo se transforma en teatro, en estudio de grabación, en mundo imaginario donde la voz tiene eco y las emociones tienen aplausos invisibles.
Cuando él dramatiza aquel famoso “¡ya no aguanto más!”, ella no solo se ríe… también piensa.
Y con la lógica pura y luminosa de la niñez, le responde: -No digas que no aguantas más, porque si no aguantas más, entonces ya no estarías.
Su mamá es madre comunitaria: Una mujer que cuida, orienta y acompaña a otros niños, que entrega tiempo, paciencia y amor a muchas familias.
Al escuchar eso, le dije:
—Vea qué tan bueno, ¿cierto?
Como esperando una respuesta automática, una afirmación sencilla, algo que confirmara que sí, que es un gran trabajo.
Pero Maria Camila no respondió por compromiso, no respondió por quedar bien.
Con honestidad respondió que no sabía qué tan bueno era ese trabajo. Y esa frase, lejos de ser indiferencia, era profundidad.
Porque para ella “bueno” no es una palabra que se diga por costumbre. Es algo que se piensa, que se mide en esfuerzos, en sacrificios, en lo que se deja de lado. Quizás en su mirada infantil entiende que el trabajo de su mamá es valioso, pero también exigente. Que implica cansancio, entrega. Que no todo lo bueno es fácil.
Ella observa el mundo con criterio propio. No se limita a repetir lo que suena correcto, pues tiene una capacidad bonita para reflexionar. Esa capacidad de cuestionar, de no aceptar la primera versión, de ir más allá de lo evidente, es la esencia de una verdadera comunicadora.
Maria Camila tiene 11 años. una cifra qué me imagino estará marcada por muchas preguntas, de miradas abiertas y de descubrimientos constantes.
Pero eso sí, no ha perdido la capacidad de sorprenderse. Cuando le mostraron cómo funcionaba la emisora —los controles, los micrófonos, los botones que transforman el silencio en sonido— hizo un gesto de impacto. Sus ojos se abrieron como si hubiera descubierto un universo secreto. No disimuló la emoción. No intentó parecer experta. Se dejó asombrar. Y eso, en un mundo donde muchos fingen saberlo todo, es un privilegio.
“Quiero ser abogada” Lo dice con esa seguridad tranquila que tiene cuando algo le nace de verdad. Tiene una tía que ejerce esa profesión, y verla hablar, argumentar y defender lo que es justo ha sembrado en ella una admiración silenciosa. No lo dice por moda, ni por repetir; lo dice porque siente que las palabras también pueden servir para proteger, para equilibrar, para hacer justicia.
Y no es casualidad. Porque María Camila ya demuestra que piensa antes de hablar, que analiza las frases, que cuestiona lo que escucha y que no responde por compromiso. Si algún día decide ponerse una toga, no será solo para ejercer una profesión, será para defenderse con criterio y corazón. Y si el camino cambia, igual llevará consigo esa capacidad de argumentar con conciencia, algo que ya empieza a formarse tanto en casa como en la emisora.
Independientemente de la profesión que elija cuando sea adulta, lo más importante es que nunca deje de ser esa persona bonita, sensible y auténtica que ya es. Que conserve su risa, su capacidad de asombro y esa manera profunda de pensar antes de hablar. Porque más allá de cualquier título, será siempre su esencia la que realmente marque la diferencia.
